domingo, marzo 12, 2006

El pensamiento suicida

El viernes fue extraño. Me llevaron a un bar, en el barrio gótico, que era sin ninguna duda un paréntesis castizo en medio de la cosmopolita Barcelona. Las Guapas. Así se llama. La señora Antonia, las banderas y el reloj de vinilo de Camarón, las palmas y las canciones sobre desamores y dolor. No entiendo de flamenco, pero creo que la señora Antonia es una artista.
Después de este extraño hallazgo, que cierra prontito, fui a casa soportando el frío, el vendaval y el ataque permanente de esas cosas que caen de los árboles de las ramblas. La acción secante del viento junto con esos proyectiles vegetales sobre la piel de la cara y los ojos pueden ser muy dolorosos.
Al llegar a mi calle vi un pequeño bulto en medio de la acera. Una maceta vacía, tierra espercida y los restos de una plantita a la que el viento ha empujado al abismo del suicidio. Breve lamento. Al cabo de un rato volví a pasar por allí. El pensamiento suicida seguía moribundo sobre la fría acera. Me invadió una sensación de pena. Al fin y al cabo cuidar un pensamiento no requiere mucho esfuerzo, así que me llevé la frágil plantita intentando no estropear aún más las raíces. Al subir a casa la puse en una maceta con tierra fresca y la regué un poquito, y creo que le he salvado la vida. No han pasado aún dos días y no tiene muy buen aspecto, pero cuando se recupere tendré un precioso prensamiento amarillo al lado de los otros pensamientos de colores, las fresitas silvestres, el jazmín, etc.

Yupi!

He aquí el pensamiento suicida: